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  • Flor Santamaría-Kovacs

De la musa y sus musarañas en pandemia

"Yo correré lo más rápido que pueda, a donde quiera que mis clientes lo deseen. Soy la Muñeca Automática, escritora de recuerdos, Violeta Evergarden" – Violet Evergarden

Hace unos días hablando con mi hermana salió el tema de mis creaciones literarias, las que están en proceso y las que tengo estacionadas agarrando polvo, por años. En eso me preguntó: ¿Es que se te fue la musa?


A ese pequeño comentario respondí con un amargo "ja,ja,ja", para señalarle que después de muchos años, había madurado entender que, no era cuestión de musas sino de diaria constancia.


Y es que desarmar la idea de que el escritor se nutre de una musa, pienso que es el sello, la olímpica prueba que los griegos nos dejaron a los creadores para llegar a la meta, que es terminar un proyecto literario. Porque la gran musaraña delante de la musa, nos lleva por tres caminos:


-El de buscarla por todas partes, ya tengamos que levantarle las faldas a las montañas, guiarnos por el sistema de navegación estelar, clavarnos a ver las nubes pasar sin que pase nada.


-El de agarrarla por el moño cuando ella en sus travesuras se digne a darnos un beso en el alma que cale en el cerebro y nos active la mano par escribir y no levantarnos de la máquina en una semana o hasta que sea necesario ir al baño.


-El de concluir que es la gran y densa mentira que tenemos que cortar con las tijeras de la disciplina para recibir el espaldarazo de los griegos vitoreando "Así se hace". (Y se hará siempre).

Los tres caminos son válidos, pero los resultados serán más lentos o más rápidos, pero dos de los casos corres el riesgo de nunca terminar el condenado escrito.


En mi escritorio tengo un porta vasos con la imagen de Aristóteles y recuerdo esta frase suya:

"Somos lo que repetidamente hacemos. La excelencia, entonces, no es un acto sino un hábito" Aristóteles.

Mi amiga productora y mentora, como una pastilla semanal me escribe por el teléfono ¡Flor recuerda el rigor!

-Estoy en eso. Le contesto yo.


Durante la pandemia que comenzó el año pasado, ya sabéis, hice muchas reflexiones sobre las inspiraciones, las musas y creencias al rededor de la escritura creativa y uno de ellos iba alrededor de que muchos vamos creciendo con la "discapacidad de Hollywood". Esto es que, en mi opinión, la industria del cine comercial, nos induce a pensar que los escritores tienen que ser borrachos, adictos y llevar vidas desordenadas para lograr la meta. Que hay una especie de desesperación en sus vidas todo el tiempo, y esa es "la musa comercial" que se consigue en cualquier parte.


Cuando la realidad es que, si no llevas una cierta claridad mental, tus escritos no son buenos, y si lo son, no tienes tú la capacidad de entregar a tiempo, y de mantener buenas relaciones con tus contactos. Quien quiera escribir hay a millones, aunque seas un genio de la pluma. En Noruego hay una expresión para eso"Sharp deg" . Que es como un par de cachetadas o un balde de agua fría para enfocarte.

Yo amo a Jim Morrison, era un genio, al menos nos dejó un legado. Hay otros que no lo consiguen. Pero la imagen que Hollywood nos dejó de El Rey Lagarto, tal vez tampoco le hizo el tributo adecuado.


En 2019 tuve que dejar de fumar y bajar el consumo de alcohol y de la fiesta, que tanto me encanta. Todo por mi salud, y pensé que la musa se me había ido y me sentí profundamente miserable.



El afiche que colgaba en la pared de mi imaginario de lo que era un escritor, se había quemado en el incendio en el cine de lo que fue mi vida. Con todo aún ardiendo, tuve que empezar una nueva novela, ya no el guion de una película.


Por dentro, todas las palabras quedaron sin techo, eran unas damnificadas, y yo, una madre desesperada que buscaba no perderlas y procurarles el cariño y el sustento. Pero estaba bloqueada. Quedé muda, aunque hablara. Entonces me puse a pintar en acuarela. Y por ahí poco a poco sacaba "algo de leche" para darles de mamar a esas letras. No fue la musa, la que vino a socorrerme fue el instinto de escribir que se refugió en la casa del agua de las lágrimas y el color de la vida.


Claro el curso de ilustración en acuarela japonesa era planeado para personas interesadas en el dibujo, para mí era una manera de hallar una llave para abrir una puerta a mis historias. Y encontré que, ¡había olvidado a mis influencers!

Al darme cuenta, me sentí como una perra que mordió la mano de su cuidador. Y empecé, a recordar, y a vivir. Volvi a mi manada.


Me reencontré con Chihiro, la inolvidable pequeña de Hayao Miyazaki y con las fiestas tristes de Toulouse Lautrec en el Mulin Rouge.

Volé dentro de los sombreros Magrit comiendo sus manzanas. Me hablé de nuevo con Dalí, porque me había peleado con él, inútilmente. Me senté con Armando Reverón a mirar el mar de La Guaira en silencio, ya con menos miedo de su presencia.


Me tomé mi tiempo, hasta llegar a recordar las sensaciones que me producía de adolescente, contemplar las exhibiciones en la Galeria de Arte Nacional de Caracas, sus esculturas y El Penetrabe de Carlos Cruz Diez, y mi imposibilidad de entender a Gego. Las visitas al Museo de Arte Contemporáneo, de la misma capital venezolana mucho antes de que comenzara a viajar por las aguas profundas del mundo, tan lejos de mi tierra. Una tierra que se va volviendo arena fina, aunque vaya recurrentemente a ella.


Y al recordar a esos que admiraba y a quienes los griegos les dieron los laureles, empezaron a saltar nombres de escritores también. Y me dediqué a investigar, a hurgar en sus historias y me di cuenta que muchos de ellos eran como yo, y yo como ellos, compartíamos la cobija de la vida diaria y la cotidianidad, y no eran borrachos heminwegianos, o errantes salidos de Hollywood.

Y dije:

¡Gracias! Por compartirme los secretos que las musarañas se comen de las paginas de la fama o que los artilugios de la publicidad omitieron.


La musa cuando llega, nunca es la misma. Su beso viene a engendrar una historia nueva. Es honesto entonces, entre beso y beso, terminar con lo empezado. Así no andamos dejando por ahí a personajes esbozados, perdidos en nuestro interior, abandonados en la tristeza de que nunca tendrán una historia que contar.

Se volverán resentidos, serán los rebeldes armados en tu contra y hasta que les pagues con creces el honor que les debes o hasta que te agarren de rehén y de locura mueras.



Soy asidua a las animaciones en general, cuando estoy viéndolas me voy "a la zona". Ni parpadeo. Me meto ahí hasta que el hambre llama. En especial a las animaciones japonesas vintage o de corte vintage. Entonces, durante los encierros, me tropecé con Violet Evergarden, y conocerla me produjo la implosión que estaba esperando tanto tiempo por suceder.


Los cartones de fachadas que quedaban en pie, dentro, se succionaron y quedó el terraplén de las hojas en blanco y ahí comencé a escribir de nuevo.

Violet, inmediatamente se convirtió en una maestra. No los creadores de la historia de Violet sino ella misma, tan viva, y cada uno de los personajes que sus creadores dejaron salir a contar al mundo lo que tenían que decir.


Todos me dijeron algo. No eran egoístas, salieron de la guerra y su razón de ser, al menos en mi vida, fue la apretar el botón para que se produjera el movimiento inevitable de los dedos, traduciendo la union del alma y el cerebro. La serie terminó, como terminan las historias buenas, quería más. Pero ya no quedaba más de ellos.

Sin embargo me dejaron, para que no los olvidara nunca, el último dato que no poseía sobre lo que era escribir. La cara esa que no reconocía en la foto, Violet Evergarden me la describió:

El talento vale poco, si es la motivación, sea cual fuere, la que va conduciendo el coche. No es la musa ni el talento lo que garantizan el éxito. Es una decisión sin doblegarse a las pasiones.









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