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  • Flor Santamaría-Kovacs

El amor en Noruega, una pista de patinaje sobre hielo

“No acudan a mí con la verdad. No traigan el océano si me ven sediento, ni el cielo si pido por la luz; traigan mejor, indicios, un poco de rocío, una partícula, así como los pájaros llevan del agua sólo gotas, y el viento, una brizna de sal”.

Olav H. Hauge.


Escogí este fragmento de la obra de Olav H. Hauge, poeta y escritor noruego, para empezar esta nota primaveral y enamorada, porque recoge con palabras sencillas, la esencia de esa profunda vorágine que puede llegar a ser el amor nórdico frente al comúnmente llamado, amor ardiente latino.


Los nórdicos se encuentran, por un lado, con la verdad de un sentimiento que les abruma y les descompone la precisión calculada de sus días, hasta hacerles mover cielo y tierra y embarcarse en largos viajes a cualquier confín del mundo con tal de tener a ese ser, objeto de su amor.

Y por otro, el sentido del ahorro invernal, que choca con la tendencia a la regalía del amante proveniente de tierras calientes, que aprendió a dar sin medidas, porque hasta la madre naturaleza, del suelo que le ha parido, también es dadivosa sin coto.



La abundancia para ellos, es mejor sembrarla y consumirla de a poco, para que les alcance toda la vida. En el goteo amoroso del cada día, en un país o región

donde hasta el sol, administra sus ardores.


En esta entrada les voy a presentar unas conversaciones que tuve con gente enamorada, pares interculturales que han hecho un cálido nido en el cubo de hielo que es Oslo.


La reflexión llega cercana al solsticio de primavera. Con la gran explosión de polen y polvillo que se extiende por lomas y praderas y también por mesas y rincones. Por estanterías y corazones.

Hermosas y delicadas flores van saliendo de la tierra y de las ramas, pequeños brotes verdes se asoman, junto con los grandes estornudos, ojos rojos y narices chorreantes por la alergia, al menos, es mi caso.


Vivo en Noruega desde el ano 2012 y cuando me preguntan, por qué estoy aquí, siempre sonrío un poco y re-planteo la pregunta:


por qué crees tú?

-Por amor? contestan.

¡Naturalmente!


“Porque a este país se llega o por trabajo o por amor, y en el mejor de los casos, por los dos”, dice Bárbara, una venezolana que llegó enamorada hace más de diez años a Oslo, pero en vez de venir en un barco vikingo, como lo hice yo, llegó con Giacomo en una góndola italiana.

Corazones de arepa a la piemontessa


Bárbara y yo nos conocimos por un amigo en común y yo escribía un artículo sobre relaciones interculturales y de ahí que le pregunté:



¿Cómo es eso? Una venezolana con un italiano en Noruega.

Es decir, gente de dos tierras calientes ¿En este frío?

Porque no sería raro dos venezolanos, que, aunque uno fuera de ascendencia italiana, hablarían el mismo idioma en la convivencia, pero este es un italiano ¡original!


¿Cómo la llevan? Te has tenido que “italianizar” y luego encima “norueguizar”.


Bárbara responde, con respecto a la adaptación a Noruega, enfocándose en el clima:

“como dicen ellos aquí, que no hay frío sino ropa inadecuada”. En Italia, todo es la moda, no tienes realmente ropa que tenga la tecnología para aguantar bajas temperaturas, ahí sí que pasé frío, aquí no. Aquí soy feliz, todo está listo para no pasar frío”.


Bárbara se cubre de varias capas a la hora de hablar, al principio, justo como los noruegos, pero una vez que entra en calor, pude preguntarle cosas indiscretas como:

¿Qué dice tu marido de la pasta venezolana con caraotas? ¡Mentira! No le pregunté eso.

Pero ella me contó que, de los retos más grandes en la pareja, fue el de la comida porque, los italianos, al menos los de Torino, son muy estrictos a la hora de combinar alimentos. Muy apegados a “la receta de la nonna”. Al parecer, comer avena, o tomar avena, tampoco está en el menú al norte de Italia.


“Mi esposo es tan italiano, que su foto aparecería en Wikipedia, a la hora de definir a un italiano”, y las dos irrumpimos en una risotada.


¿El punto de encuentro entonces?

Los chocolates de Bélgica y la música. ¡Los amigos!


Bárbara dice que no es romántica, pero mientras más conversábamos, más me reía y veía los pajaritos y corazoncitos revoloteando alrededor de su cabeza, justo cuando hablaba de aquellas cosas que eran divertidas o un poco irritantes de su marido, me imaginaba sus ojitos marrones brillando. Me habló de los acuerdos que tienen, por ejemplo, a la hora de hacer las Hallacas, (la comida típica venezolana para Navidad y año nuevo), a penas podía gozar de una hora oyendo Gaitas al día.

La Gaita es una música decembrina venezolana de la región occidental del país, bien animosa y sentimental. Yo, honestamente, creo que ella se sale con la suya y escucha su música, más de tres horas.


Bárbara baila, le fascina bailar. Me va contando y yo voy sintiendo su pasión y con ello deja un pedacito de sí en la cultura de Oslo. Me contó que estuvo siete años sin bailar y sintió que algo había muerto, hasta que un día, se le descongelaron los fueros, lo intentó y triunfó.

Volví a nacer, me dijo, “al ritmo de la Salsa, la Bachata y el Chacha”.


Le costó algunos años a Bárbara, comprender los procesos de socialización de los noruegos, pero a estas alturas ya no piensa en ello. Lo bueno fue que, al parecer, ambos Bárbara y Giacomo tuvieron el mismo choque cultural y eso puede que los haya unido más. “En vez de deprimirnos, dijimos, bueno, ellos son así”.


De los noruegos adoptó los paseos por la naturaleza, el silencio y el tiempo para sí misma. También la despreocupación por el frío o la lluvia, “si tengo que salir, salgo y ya está”. Lo que más me pega, es la oscuridad. No me acostumbro.

Y al oírla pienso yo:

¿Quién podría? ¡Ni ellos mismos!

Bárbara respondía mis preguntas con simpatía, me sacó unas cuantas carcajadas, no conocí a Giacomo, pero no me queda la menor duda de que son un par de tórtolos enamorados.


La brisa del fiordo que corta la cara y las galletitas de jengibre que curan el corazón

“Lo mejor para mí, para relajarme y ver el verdadero amor que perdura es irme a la naturaleza y en esa onda, dejarme consentir por la creación. Un paseo por la fuente de vida silvestre más cercano a mi domicilio puede multiplicar mis ganas de amar y de dar amor de manera exponencial”, describe Onix, otra venezolana que conoció a su enamorado en el aeropuerto de Maiquetía, en Caracas, esperando un vuelo a la Isla de Margarita.


Los paseos le han salvado la vida muchas veces, me dice, “aunque la brisa del fiordo de Oslo me corte la cara”.


Onix y yo hablamos un par de horas en un café, nos encantamos y es muy probable que de la entrevista haya nacido una amistad. Hubiese sido maravilloso si la entrevista hubiera sido en Caracas, en uno de los huequitos de Chacao o en el café Raja Tabla, lugares de los que ambas teníamos referencias y de eso hablamos y añoramos.


Me comentó que, en Oslo, siempre es lindo “regalarse un recorrido por un museo, o por una calle transitada donde haya arquitectura linda sepultada por las esquelas del noticiero”. Porque su media naranja, siempre está trabajando. “Me irrita que tengamos que esperar como Penélope, a que tu pareja, o novio, o lo que sea, venga a pedirnos que lancemos nuestra cabellera, o tejamos nuestras mantas para hacer cosas que nos enamoren. Tenemos que enamorarnos nosotras mismas”.




¿Por qué no contemplar los balcones, y que miremos el sol colándose entre la vida?

¿Por qué no comer un pedazo del mundo, o beber un poco de rocío?

Si para estar enamorados y para ser amigos ¡tenemos todos los días! Los días que a demás ¡son no renovables, como el agua!

Para Onix, lo más difícil de vivir en Noruega es la oscuridad, lo mismo que a Bárbara y que a mí. También le resultó difícil aprender el idioma. Cuando ella llegó al país, dice, eran más estrictos, “hoy consigues empleo hasta con el español solamente”.


Hablaba de la doble moral del noruego, de lo difícil que era entender cómo un día, en una fiesta son los más extrovertidos y abiertos, y al día siguiente “no te recuerdan”

¿Están todos locos o qué? Se quejaba.


“La pareja es otra cosa, la pareja la hace uno, mi marido es un sol radiante” y se reía y vi en sus ojos a una adolescente enamorada a pesar de sus cuarenta y tantos.

“Joachim come de todo lo venezolano. Ha probado hasta el Chiguire, (capibara). ¡El ha comido más comida venezolana que yo!

Todo lo que le des, menos arepa de atún en lata, pero si le toca, no te hace el desaire, también se la come. ¡Es una maravilla! Porque los hay que no comen nada, sino Taco y pizza de taco. Y suspira.


Mientras la escuchaba, no parecía jamás que tenía 14 años fuera de Venezuela, pues su acento sonaba como si había llegado ayer. Pensaba en un híbrido de los personajes de Quino, Mafalda y Libertad con un toque de Susanita. Muy venezolana la verdad.

¿Tenemos tantos personajes como Mafalda, Libertad y Susanita en nuestro imaginario colectivo? No sé. Y al pensar, que todo ese fuego que estaba dentro de esta chica de metro y medio.


A Joachim, el marido lo conocí. Llegó un poco más tarde a buscarla, le había mandado mis preguntas por internet para que me las contestara, y así, me entregó una hoja impresa en una carpeta con el contenido.


Ella cuando lo vio se levantó de la silla, lo abrazó tiernamente y le dio un beso pequeño, donde cupo el mundo, porque sentí que hasta yo misma, estaba en ese beso.


Èl me saludó cordial pero distante, se sentó y no pidió nada, de hecho, ya habíamos terminado la entrevista y estábamos solamente haciendo tiempo. Él entiende absolutamente todo en español pero no se atreve a hablarlo. Yo me identifiqué con Onix, porque mi esposo tampoco habla español, pero lo entiende todo.


Las reflexiones y respuestas de Joachim, me hicieron reflexionar sobre los desafíos de mi propio esposo. Él describió su relación en retos y bendiciones. Eso me llamó la atención porque los noruegos son en principio bastante arrogantes como para considerarse bendecidos.


Era un reto participar de la frustración de Onix de ver como Venezuela iba desmoronándose socialmente mientras la familia y los amigos estaban allá. No entendía cómo su mujer tenía la tendencia de hacerlo todo más complicado, hasta lo más sencillo.

“El concepto del tiempo de Onix, no es de este mundo. ¡Siempre la tengo que esperar! Y siempre puede posponer las cosas”. Escribió, y pude inferir su irritación.


Sin embargo, Joaquim me sacó una lagrimita o dos, cuando describía lo bonito de su mujer, algo que yo ya había visto también:


“La importancia que le da a las relaciones familiares y de amistad, son profundas, es cálida y amable no solamente con los suyos sino también con extraños. Su entusiasmo para organizar y participar en actividades sociales de todo tipo, en los cuales yo jamás hubiera participado de no ser por ella. Su interés por la cultura es mucho más elevado de lo que sería para cualquier noruego”

Mi experiencia personal se parece a la de Bárbara y a la de Onix, o la de cualquier otra persona, que va escribiendo su historia de amor día a día, comiéndose el elefante de a bocado.



Después de años en Noruega, conozco muchas parejas mixtas donde la permutación es casi infinita.


Puede que a veces vayamos de verdugos rompiendo corazones como Don Juan o Doña Inés, y otras, de héroes y heroínas como Jack Dawson y Rose del Titanic o como Tarzan y Jane, Bonny and Clyde.


Luego otros se lanzan a ser Genovebas de Bravante o Sirenitas, (pero no de Disney sino la tragedia de H.C. Andersen).





Pero, como yo digo, el amor es Roma y al final, todos los caminos nos llevan a él.





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